La obra

Hace años que La Abadía no ha montado un Shakespeare. Tras La noche XII (1996), dirigida por Gerardo Vera, El mercader de Venecia (2001) y El Rey Lear (2003), ambos con dirección de Hansgünther Heyme, ha llegado el momento de acercarnos de nuevo al maestro de la dramaturgia occidental y lo haremos a través de una de sus obras más punzantes, Medida por medida, llena de deseo y jugadas maquiavélicas.

Medida por medida –“una comedia que destruye la comedia”, en palabras de Harold Bloom– fue escrita en 1604, época de Otelo, Macbeth y Lear, títulos que nos sitúan en el oscuro terreno de la tentación que envuelve y enturbia al poder. ¿Cómo ser recto sin morir en el intento? “Todos somos frágiles”.

El duque Vicencio, al ver cómo las costumbres se han ido relajando, se retira de Viena delegando el gobierno en Ángelo. Éste impone su moral con máximo celo y condena a un hombre que, antes de contraer matrimonio, ha dejado embarazada a su novia. Mas cuando su hermana, una novicia, acude a suplicar por su vida, Ángelo le sugiere que a cambio del indulto ella se le entregue, lo que finalmente es desvelado mediante los ardides del duque Vicencio.

Así, en un círculo experimental, se contraponen dos formas de dominar esta pre-freudiana Viena de cuento, paradigma de la sociedad permisiva acechada por un nuevo puritanismo. Saltando entre comedia y drama, de lo espiritual a lo soez, Medida por medida explora la fricción entre lo privado y lo público, entre sacrificio y perdón.

En la figura de Ángelo –especie de cruce entre Tartufo y Segismundo– reconocemos un tema de todos los tiempos: cómo colisiona la moral política con el interés personal, la honestidad con el deseo. No hace falta buscar lejos para encontrar paralelismos contemporáneos, como el caso de aquel gobernante conservador que gastó grandes cantidades de dinero público en sus visitas a burdeles masculinos. Abundan las siempre suculentas historias de políticos cuya carrera queda truncada por asuntos “de faldas” y a menudo no se sabe muy bien si lo que realmente se les reprocha es el hecho de que mientan a su pueblo, el que abusen de su cargo o el que caigan en los mismos vicios que los demás. Parece que no soportamos que nuestros supuestos superiores no sean mejores que nosotros; y al mismo tiempo es precisamente esto lo que deseamos descubrir.

Su oponente, el Duque, que a primera vista se nos presenta como un hombre de estado más razonable, no tan rígido en su gobierno, resulta un personaje muy enigmático: ¿por qué se retira?, o mejor dicho, ¿por qué finge retirarse de Viena y se queda observando? ¿No es un juego cruel, y hasta sádico, cómo manipula los sentimientos de los demás, concretamente los de la novicia Isabela? El experimento se le va de la mano y termina por desvelar sus motivaciones que quizá él mismo ignoraba.

Y de hecho, finalmente la obra no acaba en un “ojo por ojo, diente por diente”: Como estamos en comedia, el quinto acto desemboca en matrimonios. Pero son matrimonios impuestos. ¿Un final feliz?

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